Los dominicos- Sueño del perro Domingo y la azucena
En los templos
erigidos por la orden dominica se haya en las obras pictóricas o en los
relieves decorativos de la distintiva arquitectura la representación de un
perro con una antorcha en el hocico.
La imagen del perro
refiere a una hermosa historia relacionada con un visión de la madre de Santo
Domingo; ella previamente al embarazo de Santo Domingo soñó que de su vientre emergía
un perro con una antorcha encendida y al
despertar interpretó que fue un llamado de Dios, ya que poco después quedó embarazada, en tanto, su
bebé sería quien encendería el fuego de Jesucristo
en el mundo por medio de su predicación. El nombre de Domingo es por el
agradecimiento que tuvo a Santo Domingo de Silos.
Más tarde Santo
Domingo formó su Orden de Predicadores, sin embargo fueron denominados dominicos
por un juego de palabras: primero hacen referencia al nombre de Domingo y
segundo a Dominicanis que quiere decir,
los perros del señor, enalteciendo la cualidad de la fidelidad de estos
animales; entonces los dominicos son los
perros del señor.
Por otro lado un símbolo
más de Santo Domingo es la flor de azucena,
que significa la pureza de este santo y la pulcritud ante el amor de Dios, además
él esperaba que sus allegados siguieran sus pasos de virginidad como una alegoría
a la azucena. Durante su lecho de muerte de Santo Domingo dijo lo siguiente: "Gracias
a Dios, cuya misericordia me ha conservado en perfecta virginidad hasta este
día; si deseáis guardar la castidad, evitad todas las conversaciones peligrosas
y vigilad vuestros corazones". Y entonces, sintiendo remordimiento, dijo a
Fray Ventura, Prior de Bolonia: "Padre, temo que he pecado hablando de
esta gracia delante de los hermanos”.
“La pureza es
comparada con la azucena blanca de los campos. ¡Cuántas veces han descansado
tus ojos en su blanco cáliz, deleitándote con su dulce aroma! Hay tres cosas
que distinguen a esta preciosa flor de las demás. La azucena se yergue como una
princesa; su limpia corola celosamente tiende a abrirse solo a los ojos del sol
brillante y las estrellas, luchando por distanciarse de la sórdida tierra para
elevar toda su fragancia a los cielos. La azucena es extremadamente sensible.
Una mota de polvo es suficiente para ensuciar su blancura, y esto es
precisamente lo que la convierte en inimaginablemente bella. La azucena expide
un aroma tan delicado y encantador que perfuma todo lo que está a su alrededor.
¡Así es el perfume de un alma pura!” (Urbieta,..)
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